El turista y el viajero

“…y con la mano sobre la frente, a modo de visera, pues el sol del atardecer hacía estragos en los ojos de aquellos que se dignaban a contemplarlo, divisó el viajero Teotihuacán, con su imponente pirámide al final. Estaba cansado, rendido del viaje a pie hasta su destino, pero por fin había llegado el final de aquella jornada, y no esperaba sino echarse unas chelas y algo de comida en algún tugurio del lugar, antes de irse a descansar.

Al entrar en la ciudad, se encontró con un viejo indígena que apenas hablaba español. Posiblemente lo que soltaba entre dientes era alguna variante del nahuatl, antigua familia de idiomas de todo el país mexicano, por desgracia hoy día casi extinto. La conversación transcurrió tal que así:

– ¿Cerveza? ¿Beber unas chelas?

-Sí, allá, bar- dijo el anciano señalando hacia el final de aquel camino poco transitado.

-¿Sabes si hay comida?

Antes de poder responder apareció como por arte de magia un turista entre ambos, ataviado con sus chanclas y calcetines, su camisa hawaiana y bermudas, sus gafas de sol y su pequeña cámara digital colgada al cuello. Con una expresión en el rostro a medio camino entre el enfado y el desprecio, mirando por encima del hombro a nuestro viajero embadurnado en polvo, sudor y suciedad, soltó lo siguiente:

-¿Es que no sabe usted que a las personas mayores hay que tratarlas con respeto y hablarles de usted?¿Qué confianzas son esas para tutear a un anciano?- y una especie de sonrisa maliciosa a modo de estúpida victoria se dibujaba en ese momento en su cara regordeta.

A lo que el viajero respondió:

-Perdone, pero es curioso, he escuchado eso en muchas ocasiones. Para mí es justo al contrario: si tuteo es porque me siento bien con la persona, para no crear distancia, porque confío en aquel con quien hablo y a la vez pienso que esa persona se siente mejor y más cómoda de ese modo. Y no me suelo fijar demasiado en la edad de las personas a las que me dirijo, prefiero creer, aunque quizá sea un poco iluso, que estamos a un nivel parecido, al menos en el rato en que platicamos juntos.

El anciano indígena, que no entendió una palabra de lo que ambos dijeron, posó su mano sobre el hombro del viajero, y le dedicó una luminosa sonrisa, como si confirmara con ella que estaba de acuerdo con él.

El turista, sin siquiera despedirse, dio media vuelta y, con las sienes casi echando humo y resoplando, se marchó con paso acelerado en la dirección opuesta. Sin embargo, el viajero, que ya quedaba lejos, le gritó:

-Véngase al bar y nos echamos unas chelas fresquitas, que aún hace mucho calor y nos sentarán bien.

El turista paró por un momento, se enfadó aún más y, sin atreverse a girar la cabeza, siguió su camino de vuelta al hotel, esperando poder lloriquear a su rolliza esposa lo que le había ocurrido”.

Y de esta historia, totalmente ficticia, y quizás algo exagerada, podemos concluir que el viajero es un ser respetuoso, que se acerca a las culturas y trata de conocerlas mejor; que trata con las gentes y comparte con ellas experiencias, comida y bebida; que observa lo que ve y de ello aprende y se enriquece.

El turista colecciona fotos, momentos, y a golpe de talonario se pega la vidorra allá donde viaja.

Básicamente, el segundo es gilipollas, y el primero no.

Aunque quizás sea un poco pasarse esto, pues yo, mis queridos tertulianos, no dejo de ser, cuando viajo lejos de mi país, un simple y tonto turista. Así pues, tal vez no sea tan malo, después de todo…

 

Comparte y crezcamos juntos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *