Estado laico… ¿una utopía?

Las pretensiones de las organizaciones laicas son, en su mayoría, más que aceptables. El gran cambio que supuso, allá por el siglo XIX, desvincular el poder de la Iglesia Católica del poder del Estado, no hizo sino que la gente tuviera más derechos y mas fácil acceso a servicios que hoy entendemos como universales (aunque no lo sean del todo), como la educación o la sanidad.

Eliminar cualquier símbolo religioso de los estamentos públicos no es una tarea fácil, como se ha visto en los últimos tiempos, ya en democracia en nuestro país. No hay ninguna aversión a lo religioso y/o espiritual, al menos en la teoría, pues el último fin es la libertad de expresión individual. Aquel que quiera formar parte de la iglesia católica tiene todo el derecho, al igual que el que no quiera. Y esto se debería extender a cualquier otra religión, doctrina o filosofía que conlleva un determinado modo de vida.

Pero, como reflejó Rafa en su exposición, la realidad es bien distinta, y España ni es un estado laico ni aconfesional. Más bien nos encontramos ante una especie de estado confesional de alguna forma encubierto para no armar demasiado escándalo. El poder de la iglesia en nuestro país fue algo descomunal, y si bien es cierto que hoy no tiene tanto peso como antaño en decisiones de índole política o económica, aún es un estamento muy poderoso e “intocable”. No ha habido ningún gobierno en democracia que haya podido realmente plantarle cara y anular su influencia sobre asuntos de importancia capital a nivel nacional e incluso mundial.

Europa Laica pretende, entre otras cosas, la separación absoluta del poder de la Iglesia Católica sobre el Estado, y que la asignatura de religión deje de impartirse en los centros de enseñanza públicos, pues debe existir un respeto a toda creencia y no creencia de los alumnos, y por eso entienden que lo más lógico sería eliminar dicha asignatura, cuyo contenido no deja de ser en parte una forma de adoctrinamiento católico.

Probablemente una de las claves sea empezar a ser más tolerantes y aceptar de una vez la interculturalidad que se da en nuestro país, gracias a la gente que en él habita, de tantos países y culturas diferentes. Deberíamos ser más empáticos con aquellos que no piensan como nosotros o creen en otras realidades, integrar diferentes posturas y no solo tratar de imponer la nuestra defendiéndola a toda costa. Y un poco de perspectiva, amén del respeto a la ley, también sería muy bueno, tratando de luchar por aspectos realmente importantes y no pelearse por cada pequeño detalle que muchas veces, aún teniendo un origen religioso, ya va mucho más allá de eso y forma parte de la tradición y cultura de un país.

Sin más, agradecer a todos la asistencia y diferentes puntos de vista en el debate sobre laicismo, y especialmente a María Tsoli por “pasarme” las notas que tomó en dicho evento, sin las cuales seguramente no me habría animado a soltaros este tostón.

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